La lucha incansable por el Software Libre
Fecha Friday, 15 January a las 14:16:00
Tema Noticias Software Libre


Es crucial insistir en la manera en que el movimiento por el software libre se vincula con un sentido profundo de la educación y la formación política. No solamente deberíamos tener a nuestra disposición la información suficientemente acerca del funcionamiento de los programas, los sistemas operativos, las aplicaciones o los artefactos: conocerlos implica que podamos ponerlos al servicio de otros, un servicio basado en la solidaridad y no un espíritu acumulador, acaparador o controlador.

El movimiento por el software libre surge a principios de los años ochenta con el propósito de permitir y velar por un uso abierto y solidario de los sistemas operativos, los programas y las aplicaciones tecnológicas disponibles en aquel momento. Treinta años después, esta sigue siendo la motivación central de un movimiento indispensable dentro de las luchas políticas contemporáneas: la lucha por la libertad de información, la libertad de aprendizaje y el derecho a la privacidad.

La libertad de información es interpretada por los activistas del software libre como la posibilidad no solo de usar sino de conocer, compartir y transformar la tecnología. Solo así es posible tener un uso genuinamente libre de ésta; un uso que no está restringido por licencias, por códigos ocultos ni por la condena a la ’piratería’. Aunque software libre no significa necesariamente gratuidad (una confusión común en los países angloparlantes pero que es importante remarcar pues es posible vivir desarrollando este tipo de software pero sin la ambición de un ’magnate tecnológico’), sí quiere decir que el software está disponible y que es mejorable y compartible entre usuarios y desarrolladores. La libertad de información se liga a la libertad de aprendizaje, una libertad de la que somos privados al carecer de acceso a los códigos de los programas: aprender, desde la perspectiva del movimiento, significa, por supuesto, ganar una habilidad técnica, pero ésta es indisociable de la vocación de compartir y transformar la tecnología a nuestro alcance para un beneficio común.

Cuidar que estas libertades se realicen permite que tengamos un uso justo de las herramientas tecnológicas. Esto quiere decir que sea de manera transparente, conociendo lo que las herramientas hacen y cómo lo hacen. De ahí la relación directa del movimiento con la defensa del derecho a la privacidad. Al desconocer de lo que el software es capaz, estamos expuestos a que, sin nuestro consentimiento, se cree un registro de nuestras actividades y que este registro sea manipulado con propósitos diversos. Un programa, una aplicación o un sistema operativo puede tener el poder suficiente de inspeccionar y guardar nuestras rutinas de trabajo y nuestras búsquedas, es efectivo a la hora de generar perfiles precisos sobre nuestros intereses a partir de nuestros contactos, nuestras páginas ’favoritas’, nuestras descargas, nuestras aplicaciones más usadas, etc. En un sentido muy amplio, así funciona el software privativo -de acuerdo a la caracterización que Richard Stallman hace de éste [1].

Hay quienes, sin embargo, consideran que esto no es del todo importante pues los usos que hacen de la tecnología no son dignos de sospecha alguna [2]. Aún así, los dueños del software privativo sí tratan a sus usuarios como sospechosos; por ello, tenemos límites para acceder a lo que los programas verdaderamente hacen y, también, aquello por lo cual sus desarrolladores están interesados en guardar nuestra información personal (en algún sentido, siempre somos blancos potenciales de incriminación). A esto se suma el comercio de datos de usuarios que no hace parte de ninguna teoría de la conspiración y que podemos corroborar de la manera más sencilla. Sin el uso de bloqueadores de propaganda, podemos ver que los avisos de ofertas relacionados con búsquedas que hemos hecho en Google, por poner solo un ejemplo, aparecen por doquier en nuestras pantallas. ¿Es esto poner la tecnología al servicio de las personas? Supongamos que en algún mundo posible -como suelen decir los científicos- sí, que obtener información sobre nuestro comportamiento mientras usamos herramientas tecnológicas (lo cual incluiría la polémica conducta de obtener datos acerca de lo que buscamos en internet, con quien nos comunicamos en las redes o que programas tenemos instalados en nuestros computadores, tabletas o teléfonos) puede ser útil para hacernos una mejor idea ’sociológica’, ’psicológica’ o ’antropológica’ del comportamiento humano. O que incluso nos pone más cerca lo que “queremos” al ofrecérnoslo. La suposición se cae rápidamente por su propia superficialidad, pues una cuestión que le sigue es si somos solamente conejillos de indias para causas científicas (aparentemente purgadas de cualquier interés salvo la ’cruda verdad’) o si éstas y otras causas no están, más bien, involucradas en la recolección masiva de información con el fin de caracterizarla, controlarla y manipularla en conformidad con los privilegios de un grupo en particular.

Sería bastante ingenuo llamarle a esto ’paranoia’ después del escándalo de espionaje de la NSA y, en Colombia, del destape del trabajo conjunto entre la policía y Hacking Team [3]. Es evidente que son muchos los intereses políticos y económicos en juego y que las grandes compañías de software no tienen escrúpulo alguno en mantener sus réditos poniéndose al servicio del mejor postor [4]. Esto ratifica que las disputas políticas aquí implicadas no son inocuas y ponen en juego la vida de las personas en situaciones muy concretas (defensores de derechos humanos, periodistas, líderes de comunidades, trabajadores de organizaciones sociales, etc.); sobre esto solía hacer una mofa temeraria Slavoj Zizek. En alguna ocasión [5] Zizek opinaba, en relación a la NSA, que la recolección de información era vacua pues al final la terminaba procesando un idiota. Quizá olvidaba que se trata de un idiota con el poder de perseguir, encarcelar o matar (algo por lo que, además, le pagan). Con todo, no se trata de abogar por el derecho a la privacidad per se. Más bien, se trata de comprender que este derecho es crucial para que las disputas políticas se desenvuelvan sin la sujeción por parte de aquel que posee control sobre nuestra información. La privacidad permite, en última instancia, que la confrontación exista sin disolver al adversario en la desnudez de lo que piensa o hace. De ahí el valor político de aquellas personas que trabajan en la criptografía y que han permitido el surgimiento de herramientas como ToR Browser [6] (ligadas al movimiento por el software libre en su espíritu y en su funcionamiento).

Para cerrar creo que es crucial insistir en la manera en que el movimiento por el software libre se vincula con un sentido profundo de la educación y la formación política. No solamente deberíamos tener a nuestra disposición la información suficientemente acerca del funcionamiento de los programas, los sistemas operativos, las aplicaciones o los artefactos: conocerlos implica que podamos ponerlos al servicio de otros, un servicio basado en la solidaridad y no un espíritu acumulador, acaparador o controlador. Esto quiere decir, permitir que otros utilicen, aprendan y mejoren una herramienta; quiere decir que sea posible para cualquiera y no solo para una élite cualificada. Se trata, en suma, de una batalla contra la tecnocracia que es opuesta de un uso libre de la tecnología. En un sentido muy importante, la filosofía del software libre se relaciona con formas alternativas de educación y puede ligarse a este comentario de Robert Haworth en el libro Pedagogías anarquistas, acciones colectivas, teorías y reflexiones críticas sobre la educación: “Luchas dentro de diferentes frentes contrarrestan los alcances dominadores del capitalismo global. Estudiantes, trabajadores, activistas y otros miembros de la comunidad se han organizado alrededor de diferentes capacidades. Han formado intervenciones creativas y renovadoras que retan a un desmontaje de los espacios públicos mientras que, al tiempo, ’inventan alternativas a las formas estatales y corporativas de organización social’” [7]. Esto describe muy bien la manera en que se accede al software libre: además de estar diseminado en internet, aprender a usarlo implica un trabajo cooperativo del que existen innumerables ejemplos. Los interesados se reúnen a través de foros o creando páginas con el único propósito de ayudar a otros a usar y comprender su funcionamiento. Así, aquello que rodea al movimiento por el software libre coincide con la perspectiva de David Graeber en el libro Acción Directa: una etnografía sobre el que Haworth comenta: “[en este libro] Graeber ilustra cómo sujetos y colectivos reconocen la naturaleza opresiva de las estructuras jerárquicas y autoritarias y de este modo ayudan a generar lugares alternativos para envolverse en prácticas pedagógicas que representan espacios horizontales y [de trabajo] mutuo. Adicionalmente, estos espacios situados resaltan la intrincada y a veces delicada afinidad entre diferentes activistas y organizaciones” [Ibíd]. Sin lugar a duda, estamos ante un frente de batalla imprescindible en nuestro tiempo, un frente al que deberíamos unirnos sin miedo, cuanto antes y sin olvidar la respuesta de Snowden frente al escepticismo acerca del espionaje: quien no tema de la vigilancia quizá no tenga mucho por decir.

Fuente: http://palabrasalmargen.com/index.p…

[1] https://www.gnu.org/philosophy/free…

[2] ste era básicamente el argumento que esgrimía “el “filósofo” de la NSA para justificar la vigilancia: https://theintercept.com/2015/08/11…

[3] http://surveillance.rsf.org/en/hack…, https://theintercept.com/2015/07/08…,
http://www.contagioradio.com/en-201…

[4] http://www.theguardian.com/technolo…

[5] https://www.youtube.com/watch?v=PBB…

[6] https://www.torproject.org/projects…

[7] Haworth, Robert (Ed.) Introducción a Anarchist Pedagogies: collective actions, theories and critical reflections on education. 2012. PM Press.

Por: Ann Spanger





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